El Cuido. Cuidar

 

Si tuviéramos que elegir alguna palabra como el equivalente a… a la expresión que necesitan realizar los seres –los seres vivos- para alcanzar una presencia, una descendencia, una continuidad…

 Si tuviéramos que buscar un solo aspecto que pudiera reunir –expresa o implícitamente- lo necesario para… convivir, consensuar, compartir, ¡para estar “con”!... –para estar “con”-…

Si tuviéramos que buscar una sola palabra… con la que tendríamos que garantizar nuestra presencia y nuestra colaboración en la vida, probablemente –dentro de las muchas que se habrán ocurrido ya- hay una –que nos inspira hoy, la oración- que quizás tenga esa fuerza, esa capacidad y –a la vez- esa dulzura y ese “saber estar”, que nos pueda servir para servirnos, que nos pueda servir para servir… a todo lo que nos rodea y a todo lo que nos encontramos.

Esa palabra sería “El Cuido”. “Cuidar”.

¡Sí! “Cuidar”. En la medida en que cuidamos la descendencia, hacemos posible el crecimiento… y se hace culminante el nuevo ser.

El la medida en que cuidamos nuestra estructura, hacemos posible la permanencia.

En la medida en que cuidamos nuestro entorno, éste nos devuelve ciento por uno, y garantiza nuestra continuidad.

¡En la medida en que cuidamos nuestros sentires!, nos hacemos “despertadores” de amores… de emociones y de pasiones.

En la medida en que cuidamos la posibilidad, ésta se da.

¡En la medida en que nos adentramos en lo imprevisible, inesperado, misterioso… con cuidado!: con el cuidado del orfebre que talla un diamante; con el cuidado de un artesano que está limando el jade para que el reflejo de luz lo exalte; con el cuidado con que se mece al bebé para que se tranquilice, se sosiegue; con el cuidado que se esgrime en el arte floral… o el cuidado exquisito de la ceremonia del té; ¡ay!, con el cuidado que tiene la flor, de exponerse a un mundo tan numeroso y prolijo –y, sin embargo, se cimbrea en el viento y muestra su belleza-.

¡Qué extraño “cuido” hace la Creación, sobre la vida! Y decimos “extraño”, porque es misterioso en sus “estares” y “haceres”. ¡Y decimos “extraño” porque… se diversifica en cada ser!, y se hace original en todos.

Pero, sí; sí que, si no nos secuestramos en la egolatría, cierto que notamos que nos cuidan.

¡Ay! Y ese cuidado que ¡nos advierte!; ese cuidado que ¡nos afina!, que nos alarma… para que, sin miedo, podamos atravesar el torrente; ese cuidado que nos clarifica; ese cuidado ¡ardiente!... que nos advierte.

¿Y qué decir del cuidado… constante, continuo y permanente, con el que la madre acicala a sus hijos? Y los relame y los remira: que ningún detalle quede sin contemplar.

Sin el “cuido”, tropezaríamos continuamente; estaríamos permanentemente distorsionados.

De hecho –de hecho-, en este siglo XXI, se nos advierte de… el poco cuido que se produce: el descuido que contamina, el descuido que intoxica, el descuido que trastoca, el descuido que daña…

En cambio, cuando el “cuido” se instaura… respirando, masticando, pensando, meditando, andando, laborando, se percibe el perfil nuevo de lo reluciente; se descubre la textura…

Como del joven o la joven enamorada que cuida el primer encuentro –y quizás llegue a aprender a tener que cuidar todos los encuentros; ¡ojalá!-… y se desvive por sacarle el brillo a sus mejillas, por enrojecer sus labios, por alisar su arruga. Y el varón se esfuerza por mantenerse ¡con expresión de fuerza!, con rigor sin rigidez, con elegancia no demasiado refinada, con constancia de proyectos y proyectos… que hacen “fantasía” cualquier historia real.

Pudiéramos pensar… que es espontáneo, el cuidar. Y no falta razón para decirlo. Pero… pero quizás hemos aprendido lo suficiente y –a poco entusiasta que se sea- nos hemos enamorado lo suficiente… como para añadir, al cuido espontáneo y necesario de la supervivencia, de la sobrevivencia, de la vivencia, añadirle un plus, a ese cuidado. Quizás… ¿Qué tal si lo llamamos “carisma”?

¡Sí! Todos sabemos que… “¡Ah!, este producto es carismático”. “Este hombre es carismático”. “Esta mujer tiene un carisma especial”…

Quizás, ¡todos los seres tengan carisma!, pero, pero, pero, cuando al cuidado le añadimos ese enamorado efecto del cuidado exquisito, al cuidado se le desarrolla un carisma de dulzura… que no es empalagoso, que no es contradictorio, que no es alabanza, que no es… exceso de celo.

Quizá, ese añadido venga… –¡sí!- venga dado por el lustre que hacemos, del cuidado de lo que somos: “herencia de lo Eterno”.

Y hacemos y podemos hacer, de nuestro cuido –bajo este sentido orante- un carisma, “un cuidadoso carisma”, cuando cuidamos “en el Nombre de”, cuando nuestro cuido se hace brillante, abrillantado, porque ya sabemos lo suficiente, porque ya hemos catado ¡el amor embriagado!, ¡el enamorado instante!... Y ya el cuido es más exquisito. ¡Tanto, que es carisma! Tanto, que es caricia. Tanto, que es un aroma de canela que recorre nuestros sentidos para hacernos… ¡exaltados!, ¡vigorosos cuidadores carismáticos que en caricia se expresan!, que “se invitan” a acariciarse; ¡porque se quieren cuidar!, ¡porque necesitan cuidado!...

Porque el cuidado es una necesidad ¡de especie! Y, cuando nos la negamos, cuando la desechamos en base a nuestra fortaleza, o en base a decir:

“¡Bah! ¡Son tontadas que no tienen importancia! ¡Cosas de… delicadezas! ¡No estamos para eso!”.

¡Sí estamos para eso!...

Si en verdad cuidamos bajo prismas amorosos y enamorados, y hacemos del cuidado una caricia y un ¡carisma!, no caemos en la vulgaridad del palo, ¡del golpe!... del drama, de la tragedia, ¡del grito!, del empujón…

Tendremos cuidado…

 

Cuida, ¡cuida!... de la ola de mar cuando rompe en la orilla.

¡Corre!... huyendo de ella, para que se pueda expandir lo que quiera.

Deja que ella marque la huella.

¡Cuida!… cuida del amanecer, sintiéndolo, viviéndolo, anunciándolo.

Cuida de las estrellas. ¡Sí! Eres un cuidador de estrellas. Cuida de ellas y, además de ponerles nombres –que falta no les hacía, porque ahí van a estar- cuídalas… sabiéndolas mirar; sabiendo que son lágrimas furtivas que siempre están dispuestas a mojar tus penas, a aliviar tus dolencias.

Cuida, ¡cuida!... ese trozo de tierra por donde pisas, por donde vas, que se hace sendero, que se hace camino, que se hace vereda. Cuídalo ¡para que otros no tropiecen!; para que tú vayas… ¡a gusto!

Cuida tus pisadas y, cada vez que te aposentes, procura borrar la huella, para que otros caminantes, cuando por ese sendero trascurran, sientan la originalidad de su presencia, y en ningún caso suplanten a nadie; a “alguien”…

Cuida, cuida de la forma que has alcanzado. Cuida de tu silueta, de tu movimiento, de tu expresión.

Cuida hasta tal punto tu ser que, sin ser una obsesión, esté siempre… con ese matiz de saberse cuidado, limpio, aseado, descansado, alimentado.

 

Gracias a tu cuido de la labor que otros han realizado… se permitirá que tú realices otros deberes necesitados.

Cuida de la herencia que te han donado; de las baldosas de las calzadas; de los muros de las iglesias; ¡de las pinturas atormentadas!; de las esculturas ensangrentadas.

Cuida de esos vestigios… que te cuentan historias. ¡Cuídalos!, para poder ir haciendo tu historia.

Nunca son suficientes los cuidados. Pero, ¡cuidado! –¡cuidado!-, ¡no abrumes con ellos!; no conviertas en inútil al que tiene que cuidar y que, por ser tú tan cuidado, no ha aprendido a hacerlo él.

 

Los valientes, los guerreros, ¡los poderosos!... se irguieron con los cánticos de que ellos ¡no necesitaban cuidados! Podían reventar caballos… o destrozar carrozas. ¡No tenía importancia!

Hoy, los hombres –ya amaestrados- se sienten tan suficientes, que el cuidado es una debilidad. O bien, se hacen tan cuidadosos, que no saben darle la libertad enamorada, de caricias y de carisma, al saberse cuidar.

¡Ay! Pero, tú, que eres tan valiente, ¡mujer!; tú, que eres tan valiente, ¡hombre!, y te crees tan autosuficiente… ¡cuidado! Has descuidado el cuido. ¡Cuidado! Has descuidado la más mínima caricia. Te has apartado del brillo del carisma. En tu autosuficiencia, te has hecho ¡tan vulgar!, que ni siquiera te das cuenta; y, probablemente, los de al lado tampoco.

Ten cuidado también, autosuficiente, con insinuar cuidados y luego rechazarlos. Es una vanidad… ¡desesperada!, indolente, y sólo gestadora de futuros sufrientes.

 

Cuidado…

Cuidado con los besos ¡gastados! Esos que se dan corrientemente. ¡Se gastan! ¡Se agotan!... Pareciera que están enumerados.

¡Cuidado! ¡Cuidado con crear –“ofrecer”, sería mejor decir- expectativas que luego no sepas cuidar.

¡Cuidado con renunciar… a ofrecimientos de verdad!

Cuidado al seleccionar. ¿Acaso comerías cualquier cosa… con tal de masticar?

¡Cuidado! ¡Hay que mantener el buen gusto!, la elegancia, la prestancia, el “saber estar”… Y no es cuestión de poder o de ganancia, de dineros o de arrogancias. ¡No! Es haber llevado, el cuido, al enamorado momento del amor. Haberlo convertido en caricia, y haberlo hecho “carisma”.

Haberlo hecho “oración”.

Recordando siempre que el cuidado enamorado es un regalo de la Creación. Que, sin él, no tendríamos ninguna fiesta, ninguna risa; seríamos romos y chocantes. En cambio, con él, con el cuidado que la Creación nos dispensa –que cuidadosamente nos selecciona y nos arropa-, nos da el calor suficiente para… sentirnos ¡nuestros! Y, a la vez, nos despierta la curiosidad hacia los otros.

 

Hagamos, del cuido, un culto –¡nada oculto, sí evidente!- de atenciones, ¡de detalles!, de… puntualizaciones, de precisiones, ¡de exactitudes!

Hagamos, del cuidado, un culto pluscuamperfecto que nunca se cansa de promover… ¡un nuevo acontecimiento!; que se renueva en cada instante, como la mejor oferta, el mejor acierto.

Culto al cuidado, en la curiosa capacidad de sentirse cuidado y, en consecuencia, ¡derramar!… la caricia enamorada… que enarbola el carisma de los amantes.

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